Sobra tecnología, faltan preguntas: el verdadero problema de la digitalización en logística
Empecé hace treinta años cargando y descargando camiones, mucho antes de sentarme en un aula a estudiar gestión o tecnología. Me formé académicamente en el camino, no antes de pisar una playa de operaciones, y esa secuencia invertida —primero la experiencia, después la teoría— me dio herramientas que no vienen en ningún manual. Un Director del BID me lo dijo una vez con una frase que no se me borró más: "tenés un perfil raro, porque la mayoría aprende la teoría y después sale a buscar la experiencia; vos hiciste el camino al revés". Desde ahí hablo: desde el patio, no desde el paper.
Y desde ahí veo algo que me preocupa cada vez que entro a una empresa de transporte o de distribución en la región: tecnología sobra. Hay TMS, WMS, ruteo con inteligencia artificial, torres de control, IoT en el camión, predicción de demanda, facturación electrónica automatizada. El catálogo es infinito y crece cada trimestre. El problema no es la oferta. El problema somos nosotros, los usuarios, que quedamos muy atrás de esa oferta.
La brecha no es de plata, es de pregunta
Cuando una pyme logística —o una gerencia de supply chain de una empresa más grande— me consulta sobre digitalización, la primera pregunta casi nunca es "¿qué herramienta necesito?". Debería ser: ¿para qué la quiero usar y qué quiero lograr con eso? Sin esa respuesta clara, cualquier sistema que se instale termina siendo un gasto, no una inversión.
Lo veo repetido en distintas variantes: se compra un sistema de ruteo porque "lo tiene la competencia", se implementa una torre de control porque "quedó bien en la demo", se le pone un dashboard de inteligencia artificial a un proceso que ni siquiera tiene los datos de base cargados con consistencia. El resultado es previsible: la herramienta queda subutilizada, el equipo la resiste porque no entiende para qué sirve, y en dieciocho meses alguien pregunta por qué "la digitalización no dio resultado", cuando en realidad nunca hubo un objetivo definido que la tecnología tuviera que cumplir.
En economías como las nuestras, en recuperación permanente, este error sale más caro que en otros contextos. No hay margen para comprar tecnología por moda. Cada dólar en un sistema tiene que estar atado a una meta operativa concreta: bajar el kilómetro vacío, reducir el tiempo de espera en planta, anticipar una rotura de stock, mejorar la previsibilidad que le damos al cliente final. Si la herramienta no está conectada a una de esas metas, sobra.
El desfasaje real: entre la caja de herramientas y la cultura que la va a usar
Acá aparece la segunda capa del problema, la que casi nadie mide antes de firmar el contrato con el proveedor de tecnología: la cultura de la organización que va a operar esa herramienta. Puedo tener el mejor algoritmo de ruteo del mercado, pero si el despachante de toda la vida no confía en la pantalla y sigue armando la hoja de ruta a mano por las dudas, tengo dos sistemas funcionando en paralelo y ninguno funcionando bien. Puedo tener visibilidad satelital de toda la flota, pero si nadie en la gerencia mira ese tablero porque "siempre se manejó por teléfono", esa inversión es decorativa.
La brecha generacional juega un papel central acá, pero no como enfrentamiento sino como recurso mal aprovechado. El operario o el chofer con veinte o treinta años de oficio tiene un criterio de campo que ningún modelo predictivo reemplaza solo con datos históricos: sabe qué cliente en realidad nunca cumple la ventana horaria que declara, sabe qué ruta se pone imposible con lluvia aunque el sistema la marque como óptima. El analista junior, en cambio, trae naturalidad con la herramienta pero le falta ese contexto. Cuando esas dos capas de conocimiento se integran, la tecnología rinde. Cuando compiten o se ignoran, la tecnología se convierte en un cuello de botella disfrazado de solución.
Entonces, ¿por dónde se empieza?
No por el catálogo de proveedores. Se empieza por una conversación incómoda dentro de la propia organización: qué problema operativo concreto queremos resolver, quién lo va a usar todos los días, y qué necesita esa persona para confiar en la herramienta en vez de sabotearla en silencio. Recién ahí tiene sentido salir a mirar qué tecnología existe, porque la pregunta ya no es "qué es lo más moderno", sino "qué es lo que realmente necesito para lograr esto".
Treinta años en las rutas y en los depósitos me enseñaron que la logística siempre fue, en el fondo, un problema de personas coordinando recursos escasos bajo presión. La tecnología no cambió esa esencia: la hizo más rápida y más visible, pero no la reemplazó. La pregunta que nos debemos, antes de cualquier inversión, sigue siendo la misma que se hacían los que armaban rutas con un mapa de papel: ¿para qué es esto, y qué quiero lograr?
¿Cuántas de las herramientas que ya tenemos instaladas hoy podrían responder esa pregunta con claridad?
Fernando Cedres · LinkedIn
Associate Country Analyst — 🇦🇷 Argentina